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        VEN A MIS BRAZOS

¡Es tan difícil volver a   encontrar
quien nos ame!


DUFRESNY.

¿Será posible? Pronunciar tu nombre
Oigo enlazado con el nombre mío,
Y hay labios que en mi triste desvarío
Me repiten: «tuyo es su corazón».

¡Mas no! Mi osado pensamiento nunca
Esa corona a recoger se atreve;
Dejo más bien que el aura se la lleve
A ceñir otra sien por galardón.

¡Amarme tú! ¿Quién es el que pretende
Burlar con la ironía mi martirio?
¡Amarme tú! ¿Mi escéptico delirio
Quién en mi mustia frente adivinó?

Yo escucho esas dulcísimas palabras
Glacial de incertidumbre y amargura,
Que airado veo pasar tu imagen pura
En ese instante repitiendo ¡no!

¡Amarme tú! ¿Y por qué? ¿Le debe algo
Tu pecho, dime, a mi angustiado pecho?
¿Mi amor, mi pobre amor, me da derecho
Al tesoro sublime de tu amor?

Yo que cual un fantasma, de año en año,
Nublo un instante tus hermosos ojos;
Yo que jamás ante tus pies de hinojos
Fui a consagrarte incienso adorador;

Yo que sólo una vez vime a tu lado,
¡Recuerdo delicioso y bendecido!
Y en el mar de la ausencia, mar de olvido
Naufragué desde entonces para ti.

Y de la hirviente arena de los valles
Hasta el volcán que entre las nieves brama,
Hoja que ei viento desgarró en la rama,
Errante y solo suspirando fui.

Yo, el infeliz, el olvidado amigro
Que no llevó cuando su adiós dijera,
Ni una lágrima tuya, una siquiera
Que encantara después su soledad;

Y que más tarde, en hórrido combate,
Hubiera dado el postrimer aliento,
Sin costarte un suspiro ni un lamento,
Ya que no por amor, por amistad.

¡Ser dueño yo del corazón precioso,
Corazón tan precioso como esquivo,
Que tiene tanto corazón cautivo
Y que desecha tanto corazón!

¡Yo que no tengo para ti en mi alma
Más que el amor y la virtud de un hombre,
Y al ver tu faz y al escuchar tu nombre
Lloro mi nada y lloro mi ambición!

Nunca mi corazón, oculto siempre
En su inviolable y hondo santuario
Reveló con un grito temerario
El secreto fatal de su pasión.

Allí, como la lumbre de un tesoro
Perdida bajo el bosque en la montaña,
No ha llegado mano íntima ni extraña
A profanar su culto y su aflicción.

¿Por qué, pues, vienen hoy amigos labios
A desgarrar el velo del misterio?
¿Quién del remoto, amurallado imperio
Las llaves de oro pérfido entregó?

¿Dónde brotó la sombra que ha querido
Mi orgullo lisonjear con tu ternura
Y denunciar mi amor y la amargura
Que devoraba en mi silencio yo?

Sea pues, si así para mi bien lo quieren
Dios, la casualidad o mi destino;
Oigamos el oráculo adivino:
Nuestra hora llegó; no ha de pasar.

¡Y heme, aquí estoy hermosa! yo te amo
Más que mi porvenir, más que mi vida;
Y eres tú, sola tú, virgen querida,
Ídolo y fe de mi desierto altar.

Ni aun te conozco bien, no sé quién eres:
Si ángel que salva o pérfida que engaña;
Mujer como lo son tantas mujeres,
O excelsa, predilecta creación.

He visto una beldad que me entusiasma,
He escuchado una voz que me enajena,
Y en mi rapto ha ligado una cadena
De esa hermosa a los pies mi corazón.

De tus pupilas de árabe atraído
Bajo el imperio irresistible, ardiente,
Tal vez me fascinaba una serpiente,
O era el cielo entreabierto para mí.

Mas allí pensé ver de mi destino
La estrella, y voy, como el destino, ciego,
A arderme en esa atmósfera de fuego
Y abandonarme delirante a ti.

Mi orgullo austero, mi indomable orgullo
Manso a tus plantas arrastrarse mira,
Mi alma que a todo, al imposible aspira
Ya sólo en ti su delirar cifró.

De amor con toda su embriaguez, su gloria,
Ardo en sed devorante, insaciable:
Sé para mí raudal inagotable.
Que inagotable, audaz me siento yo.

Domíname si puedes; haz que crea
Que la pasión de la mujer no es vana;
Muéstrate de mi suerte soberana;
Mi dios, mi todo, mi universo sé.

                              *
                            *   *

Despliega en la región del infinito
De la existencia el horizonte estrecho:
Dale a mi yermo y desolado pecho
Las eléctricas alas de tu fe.

El corazón humano es la crisálida
Que inerte y fría y sin color reposa.
Hasta que al cielo, ardiente mariposa,
Se alza a un rayo de sol linda y gentil.

Así vegeta el corazón. Su vida
No es la vida, es la ausencia de la muerte
Hasta que al soplo de otro, amante y fuerte,
Vuela criador desde su cárcel vil.

¡Amar! ¿Sabes lo que es, amiga mía?
Es robar a los cielos su secreto;
Es de la vida el pálido esqueleto
Maga de luz e inspiración volver;

Es la vara del mágico, que toca
Y hace un jardín de un arenal desierto;
Es el sueño brillante del despierto;
La celeste poesía del placer;

Una doble existencia, una borrasca
De deleites y lágrimas sin nombre,
Que un dios, un ser más que hombre, hace del hombre,
Con su infortunio mismo y su dolor;

Es como el huracán para las águilas;
Cual la cascada audaz para el torrente:
Que alas tiene también el alma ardiente
Y el corazón magnífico furor.

¡Oh! ¡quiero amar! ¡amar cual no se ama!
¡El hombre es tan ruin, ama tan poco!
¡Yo ansío amar como un ebrio, como un loco!
¡Quiero gemir, pero de amor gemir!

Y de esos labios !ay...! ¡si son tan dulces...!
¡Venga el amor con todo su veneno!
¡Oh! ¡yo quiero morir en ese seno!
¡Quiero morir, pero de amor morir!

¡Ven, aquí están mis brazos! A tu lado
Luz y flores y cielo en mi destino,
¡Ven, ángel mío! ¡ven cual te imagino!
Noble y leal y enamorada, ¡ven!

¡Por ti he de amar esta existencia que odio!
¡Por ti mi hado cruel no será eterno!
¡Por ti cielo será lo que es infierno!
¡Y por ti todo mal me será un bien!

Bogotá, enero 28: 1853.

autógrafo

Rafael Pombo


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