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    ANTE LA CANDENTE PIEL DEL AMOR

Dulce cadencia la del amor candente,
dulce cadencia la del amor,
dulce cadencia,
¡la más dulce de las esencias!

          I

 Digo los Hechos:

A través de tu saliva
descubrí las sílabas,
que son flores nacientes
del césped de tu boca.

Te hallé cuando no tenía
ganas de vivir,
pero al beber tu mirada
me ganaste el corazón.

Todo fue un sueño,
y una dicha,
vital aliento
ante tanta desdicha
y desaliento mortecino.

Me acogiste como huésped
en tu celeste arboleda,
y ascendimos al olimpo,
tan candentes
como lenguas de fuego,
de tanto desnudarnos
y anudarnos, entre tanto
darnos, bajo las estrellas.

Nada poseíamos, nada
de nada, ni nadie
nos miraba a la cara,
sólo teníamos el amor
que nos unía,
y un poema como nardo,
para secarnos las lágrimas,
y nadar en la alegría.

Aunque el tiempo pasa,
no pesa el amor;
encendido sigue el corazón,
pues la pasión sopla
allá donde el sosiego
exhala ternura.

          II

 Digo los Fundamentos:

Sólo el amor es animoso,
sólo el amor es lo que es;
y, es sólo el amor,
lo que nos da alas y voz,
afecto a los defectos,
y poso de entrega sin reposo.

Y así, tu iluminas mis ojos tristes
como la luna en el horizonte del mar.
Y en el mar los ojos no ven,
sienten la fuerza y el tacto del vaivén.

          III

 No digo más; y digo lo que digo:

¡Quién pudiera ser el poeta,
el poeta del mundo!;
para embarcar rumbo a todas partes
y partirse el corazón repartiendo amor
a los que nadie quiere ni ama,
a los que menos tienen
y de los que nadie habla para servir.

¡Quién pudiera ser el sueño,
el sueño del cielo!.
Un cielo que a todos viste
y a nadie desnuda.

Víctor Corcoba Herrero


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