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      EL NARRADOR

a la memoria de Truman Capote

Ya es muy tarde para olvidar a la nada:
los muchachos infantiles colman tu cuerpo.
Hay una desembocadura en el sollozo
de una piel más hirviente que la arena
donde el bailarín de las alcantarillas
muerde una fruta roja llena de larvas.
Ninguno lo atesora
ni entre árboles dorados para la exasperación
de una dicha cubierta aún por telarañas,
o en el ojo enardecido del guardián de palacio.
¿Adónde estremecen el blanco de la fábula yacente,
la hija ardida con su feto a cuestas,
el muñeco roto con su cara de hombre, arrinconado
con señales por el que no entiende
que esta tierra es una furia y un límite?
Los amantes recorren los muelles del emperador.
El despreciado devora su navaja
como comprendiendo el mundo en un instante.
Una loca asesina sus hilachas
en trozos calientes para perros de presa.
¿De dónde saciarán el hambre llegada del desierto?
¿Pero qué velo se rasgó de arriba abajo?
Un idioma de la farsa, una verdadera oscuridad
en que se borran la sangre y mi carne peregrina,
me hace oír la voz.
Descendí.
En el almud está el secreto.
Su rostro aletargado simula
la incontable interrupción de las máscaras.

              *

¿Quién empieza a decir por el huerto en ruinas
el cuento partido por su boca?
¿Cómo se atraganta de tanto decirse
contra el muro amarrado junto al trueno?
Miente la niebla sobre la ciudad caníbal.
Los hombres son de harina pútrida
debajo de estas nubes y el sol tenebroso.
Reconocía la profanación de los dones.
En mi mismo cuerpo los convoco ahora
para que nunca crezcan, para que no lloren
sobre el dulce estrangulado.
Talía gime por su boca de gárgola.
Así la historia nacía del sediento
—escrita por equivocación entre brasas de la fiesta—
y retornaba como botín a los criados.
¿Qué seré yo, sustancia ardiendo,
apagándome en tus aguas lustrales?
¿Quiénes ellos de tan blancos
como los ojos de un muerto en la leyenda?
Siempre habré de morir en el pasado.
En ese ignoto lugar alzaré otro vuelo
con la semilla estéril de la transformación.
Solamente recorría los huesos musgosos
de quienes me poseen en el polvo de mármol
de estas ruinas deslumbrantes.
La cicatriz cenagal abarca un rostro anciano
que olvidó al efebo ascendiendo la noche.
Ha borrado las señales últimas
de esta coronación que no vuelve,
que no puede volver, que no debe volver.
Talía se sorprende.
¿No fue ése el principio de la piedra inaugural:
flotar entre una espuma de cadáveres flotantes de los que nada queda,
salvo el espesor y el reflejo?
Antes que túnel mordido por el viento,
fueron hienas mojadas taladrando las puertas
con mi sangre más honda, insoluble,
en el tiempo de ira.
Ahora son escombros, ahuecados escombros
desde el viejo mirador de la llanura
hasta el recoveco atroz del laberinto de aguas
que nadie vio.
¿Regresarán por mí desde el sepulcro
socavando a la distancia esta tierra de víboras?

              *

Es doble el aguijón, alto el incendio.
En el trazo del día aparece el rostro múltiple.
Un hermoso animal, una hermosa criatura
atravesando luego del tiempo su abandono,
deja de excavar el mundo en un relámpago.
¿Ninguna expiación para el ungido?
¿Otro grito reclamando por el vasto,
cómplice sendero de la araña?
¡Fuera las tinieblas de esta casa inmunda!
Un árbol desgajado se hunde en el río
y no pregunta.
El ultraje de verme hasta en la sombra
clausura el asedio de las muchedumbres
en un grano de sal petrificada.
En la hora en que el mutismo es bello como un crimen,
exploro las huellas de las repeticiones.
Así la gran hoguera invade los patios,
las puertas laterales, el jardín envilecido por la queja,
al trasluz mi fábrica de incertidumbres,
cada máscara de piel humana,
el cielo como un pozo alabando al caído.
Han perdido el salobre canto de la esfinge.
En este horno intangible se revuelcan los espejos,
se enarbolan —Oh, antiguos— flameando en el bosque.
¿Qué defiende al agredido de las hordas de satisfechos
con monedas de oro bajo la hierba?
Asustado país en duelo,
había que correr desesperante hasta acabar
con la ofrenda, con el soplo.
¿Por qué llegarían en el carromato que no habito
desde mi garganta heredera al secreto?
Estremézcanme.
Que sea el que parte y no regresa a este reino
a lavar la inmunda flor de la memoria.

              *

Me prosternan sin luz
en el mismo escenario donde dije la luz
y su palabra oculta.
Desfilan los que fueron, los que fui
entre el cimiento calcáreo de un corazón leproso
barrido por la brizna.
Con un solo bostezo incrustan en la historia su cuna mortal
para un testigo silencioso, irremediable.
Y están la diferencia, el error, y el levísimo aroma
de una ternura enterrada hace siglos.
Ese lugar nunca existe.
Se afincaron a mi sed y yo los bebo.
El hermoso demudado pasa en medio de su cuerpo,
el disputador reconoce en el alma a su enemiga,
el residente bravío de una estación de trenes consuma el sacrificio,
el viejo fabulador amenaza palabras
como carbones encendidos arrojados al mar,
el erasta toca los cabellos del niño,
el mendigo sudoroso grita en plena calle su aversión
por los hombres y los pájaros,
el sepulturero robará un anillo manchado con pus,
el débil deambula por la calle
acaso buscando un refugio para afirmarse en la nada,
columpio de la tierra.
Pero también quedan los otros,
el rencoroso inútil despeñándose a la carnicería de su estirpe,
el criador de alimañas,
el desaprensivo que ruega demasiado tarde,
el mercader libidinoso sobre un cuerpo deseado,
el más ruín,
el hijo con su legado escalofriante,
el escritor crucificándose a palabras inauditas
en el pequeño trozo de papel,
el afiebrado en  alta noche de miserias,
el indulgente,
el que dirije mis pasos a la tempestad,
el obstinado a vivir, una y otra vez, el miedo,
el amante con las piernas abiertas,
el lúgubre en la taberna silenciosa,
el que con graznidos me oye y me acompaña,
el desahuciado fascinante.
Antes del alba, con increíble imperfección,
los reconozco y los olvido.

Londres, invierno de 1996

Manuel Lozano


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