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A LA MEMORIA DE ISADORA DUNCAN Y SERGUÉI YESENIN

        [1]

  ¡Ay, Isadora, diosa antigua
de extraordinaria belleza,
renacida para el hombre moderno!
Con tu pequeña túnica de gasa incolora
danzas alrededor del dios Pan
y ya las bacantes quedan seducidas
ante la armonía y elasticidad de tu cuerpo.
¿Qué transmitías con tus gestos,
con tus elocuentes brazos,
con tu lindísimo cuello de cisne,
con esas piernas de ninfa de los bosques?
¡Oh diosa del ritmo,
dríade que nos besa,
mientras danza!
Acá viniste para mostrarnos
que la pura belleza femenil,
la belleza de la antigüedad griega,
la belleza de la danza clásica griega,
la mujer en estado sublime...
todo ello había cobrado vida en ti.

        [2]

  Isadora: tú y la danza.
Con esos ritmos...
—fluidez de movimientos,
depurada expresión que provoca
fuerte emoción interna—
ya nos penetra tu aire sibilino.
Esos delicados gestos
que denotan tu divinidad...
¿cómo renacieron,
dónde su raíz auroral?
Yesenin compone unos versos
que tus formas consagran;
y te observa embelesado
sintiendo el suave tacto
de tu luz en su selvática alma.
"La expresión, sí;
cuidad la expresión:
el rostro es el alma".
Sabed que Isadora abrió sus brazos,
que Serguéi cayó de rodillas, abrazóndola,
y exclamando con voz entrecortada:
—¡Isadora, Isadora mía, mía!
Luego, ella bailó,
y él recitó poesías.
Qué profético fue, ¡oh diosa!,
el tiempo que viviste,
pues te procuró la íntima tragedia.
Todo lo diste con la danza:
la suavidad, la armonía,
la noble expresión...
Ahí estás con tu corta túnica,
con tus doradas sandalias,
danzando en las alturas
de un siglo que mira atrás,
redescubriendo vieja alborada.
Aquel, siempre odiado, echarpe
—en connivencia con la rueda del coche—
acabó con tu vida;
con una vida rebosante de belleza
y delicadeza femenil;
mas jamás con tu imponente danza.
—Es un niño, un poeta-niño
que compone poemas de cielo.
Y si tú no lo dijiste,
lo digo yo, con entereza.
A ti, dulce Isadora,
las arreboladas nubes
única diosa te proclaman.
Y sobre blancas nubes
os encontraréis de nuevo los dos:
tú, la diosa de la danza griega,
y ese alocado poeta ruso que,
sobre ladridos de perro, canta.

Juan-José Reyes Ríos


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