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      ESTAMPA DE MUJER VIKINGA

Ha tiempo que zarpó la nave vikinga
(esa que muestra dos fieros mascarones)
y en ella iba tu amado guerrero,
el de la brillante espada y poderoso escudo.
Dijo que a finales de otoño regresaría;
mas está a punto de finalizar el invierno
y todavía no ha regresado. ¡Ay!
Te he visto descender a la orilla del mar
y esperarlo durante agónicas horas,
sentada a la vera del Gran Abeto.
Ataviada con tu lindo vestido talar
(de gruesa e inevitable hebilla)
y luciendo ese llamativo cinturón,
perdías la vista en la lejanía
sin llegar a oir un distante mugido de caracola,
ni vientos extraños te traían noticias de tu amado.
¡Pero yo miraba fijamente tu hermoso rostro!
Ayer, de pie, con tu codo apoyado
en el corte de la ventana
y tu mano en la mejilla,
te embargaba la tristura,
¡ay, qué melancólica estabas!
Hoy, sentada en el frío escalón
de la majestuosa escalinata,
ya no sabes adónde mirar.
Pero yo sé que miras en tus adentros.
Las rugientes olas del mar
pudieron hundir el barco de tu amado.
La tempestad pudo hacerlo zozobrar.
Poderosas olas quizá se alzaron y lo tumbaron.
Pero aquí estoy yo para condolerte.
No soy guerrero vikingo,
ni tengo lanza, espada,
martillo de guerra o escudo.
Pero puedo hacerte feliz algún día,
cuando necesites de mi calor,
de mis sentidas palabras, de mi preciso tacto.
Nunca te vi desnuda y lo deseo.
Sin embargo, tu hermoseada silueta
dibuja unos preciosos senos
y unas nalgas que quitan el hipo.
Si te viese desnuda
un vórtice me adentraría en tu luz
y desde ella retendría tu imagen en mi retina;
y ya nunca la sacaría de allí.
He rogado a tu vistosa hebilla
que me permita ser el dulce lazo de tu vida.

Juan-José Reyes Ríos


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