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      ANTE LA CANDENTE PIEL DEL AMOR

Mi madre fue obrera
En las mañanas se vestía del color de los tejados
Y en las noches leía el corazón a todos los muchachos

Jamás entregó sus sueños al canto de los pájaros
Ni su vida a los árboles que morían como el hombre
Con el humo de las fábricas

Un día
La lluvia no distinguió las letras de sus manos
Y la dejó como una paloma acribillada
En las ventanas de la calle

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Amó la fotografías
Y los caballos que cuidaba su padre en los jardines de la
    Iglesia
Por lo que todos acariciaban su sonrisa

Pero ahora que agoniza
Y se parece como nunca a los molinos abandonados
    de la tierra
Sueña —estoy seguro— con las naranjas que plantaba
    de noche por el río
Con el fin de poblar la oscuridad
Y los ojos desesperados de sus hijos

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Ya no habla para nadie
Su corazón se resiste a desaparecer
En las playas desconocidas del olvido

Tal vez si no estuviese tan herida
Tan llena de secretos en el rumor de los rocíos
Encendería los mensajes maravillosos del camino

Pero es invierno
Y las azucenas envejecen en su cuarto
Como sombras inesperadas en el sueño
Por eso le beso las mejillas
Tratando de descifrar el misterio invisible de sus días
Tal como el último sobreviviente de un naufragio
Intenta descifrar los recuerdos inexorables de su vida

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No escucha
Invadir con malezas su ventana
Ni a los grillos mudar de cielo las gencianas

Sólo respira
Cuando sus ojos se llenan de eucaliptos en el agua
Y los girasoles inundan con historias y relámpagos
    sus manos

Por eso la quiero como nunca:

Como cuando pasaba armas por los puentes en el alba
O cuando bebía con su hermano los fines de semana
Recordando los nombres de sus perros
Y los últimos canarios de su madre
Que se le aparecían como sombras atolondradas en la tarde
Mientras el polvillo inescrutable de la muerte
La cubría (lentamente) con los helechos fantasmales
    de la nada

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Te has muerto
Buscando como el sol
Los rincones de la casa

Hablándole a las plantas
Y a los espejos miserables de la pena
Cuando Leonor —tu comadre—
Hecha bondad y amor en la cocina
Te miraba desde los escombros de los días

Y si bien
Ahora te hablo y te recuerdo
Y te lleno de palomas y ventanas en el cielo
No es para cerrar tus ojos en mi pecho
Ni para llenar de besos tu rostro anaranjado en la mañana
Sino para encender tu vida en los mensajes de la calle
Como una flor creciendo
Entre los vagabundos desesperados de la calma

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Amé en ti madre
Tus recuerdos en el día:

Especialmente cuando nos contabas
Historias de fantasmas
Perdiéndose como moscardones en el tiempo

O cuando bailando con tus parientes en el alba nos decías
(Las ollas de barro soñaban margaritas en el fuego)
¡El sol crece como una hostia en el monedero triste de mi
    pecho!

O aquel día
Cuando después de vivir como los duendes
El último día de vacaciones de tu vida
Te sentaste a esperar
Con tu pelo color primavera de los sauces
La muerte en los sillones / tarareando
Canciones que estaban a punto de extinguirse
    en el techo derruido de tus pasos

Y cuando alguien te preguntó
Por la luz irreparable de tus manos
Con toda la sabiduría de los árboles le dijiste:
¡La única forma de morir en este mundo
Es contar estrellas con los ojos!

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              (a lo Ernesto Cardenal)

Nunca te pregunté quién fuiste
Te quise como eras

Jamás te hablé de la soledad o de los trigos
Simplemente construí mi vida
Con tus silencios y temores

Me grabé como un ramo de azucenas tu mirada
Que fue para mí
La única esperanza de mis bosques

Te fui franco tú también lo fuiste
Por eso jamás hubo entre nosotros
Mentiras o rencores

Ahora
    sin embargo
Todo es más sencillo
Tu muerte me ha convertido
En el huérfano más triste de la noche

(Lima, Perú, 1941)

Juan Cristóbal


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