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III
EPÍSTOLA A MI CATEDRÁTICO

Acaban de llegarme por sorpresa
los manuscritos de Polites:
el humanista zelandés que usted conoce.
Son dos cartas para Verzosa,
el diplomático de Roma.

Es una cuestión interesante
para darla a conocer muy seria-
mente, pasando las hojas culta-
mente, en un seminario perma-
nente, o en un congreso lleno de
gente:

Polites le pide al de Zaragoza
que lo incluya en sus escritos,
porque de esta forma, piensa,
podrá vivir por siempre
en las alas de la fama.

            * * *

Pero hoy día nadie sabe
quién fuera don Polites.
Ni siquiera es fácil
llegar a donde yace
el bueno de Verzosa.

Y aunque así fuera —¡qué caramba!
¿Qué me importa a mí ni a nadie
que le recuerden a uno más o menos,
veinte o treinta años adelante?

No es esa mi idea del quedarse,
de burlar, pie enjuto, la corriente.
Lo que yo espero de esta vida
es otra cosa, que me juega al veo-veo
cada tarde, y que sólo entiendo cerca
cuando alguien besa en mi frente dulce-
mente.

Eduardo del Pino


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