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      EL OBRERO

He traído un pico y una pala para cavar un poema en la hoja. Ya he pasado la primera capa de hielo que construye el silencio sobre el blanco papel. (Esa lámina fina, inmaculada.) Ahora rompo las piedras, los gusanos que aparecen debajo de mis dedos. Golpeo duro, golpeo en cada sustantivo, gerundio o participio. Las palabras parecen las hijas sublimes del metal más propicio. Ya introduzco mis pies dentro del hoyo. Los zapatos se ensucian, pero sigo golpeando con las vísceras, la sangre en cada movimiento que ejecuto. Golpeo fuerte, golpeo el sustantivo, adverbio, el adjetivo. Los minerales sangran debajo de mis suelas. Ya introduzco mis piernas, pantalones, hasta doy la cintura para abajo. Me quito la camisa, me desnudo. Se trabaja mejor en ese estado. Meto mi vientre, el pecho, los dos brazos para golpear con fuerza el agujero, perforar hasta el fondo del idioma, hasta el verbo del fango. Apenas veo hierbas, ya no hay árboles, ni casas ni consuelos en un círculo. Sólo están mi yo y mi doble ego dentro de mi cabeza. Pero no me amilano, mi espíritu no tiembla, duro golpeo hasta dejarme el músculo y quedarme en los huesos bajo tierra. Así, ahora, sin cielo, la tierra como un techo me ha cubierto, se acuesta como un monstruo sobre mí. Pero yo no me canso, sigo, muerdo la muerte con mi pico y con mi pala, las paredes, las rocas. Y así, sólo, en el agujero sellado bajo tierra, esperaré a que venga otro poeta a golpear como yo la dura hoja, a enterrarse de nuevo en el poema. Tal vez encuentre mi cadáver vivo que no para nunca (con el pico y la pala rotos) de golpear y golpear versos en vano.

Dolan Mor


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