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      LA DULCE LEVEDAD PURA DEL AGUA

No miréis la cabellera ensortijada del sol
donde pululan escondidos enjambres de cigarras luminosas
y una malla protectora de brillantes
que hacen hundir en seísmos las miradas,
donde titanes agazapados amontonan su celeste lava blanca
y se llenan de alaridos luminosos
las esferas encorvadas que desgajan.

Porque de donde viniste tú, no se encontraba el sol,
sino la tierra y una lejana montaña alta, tan lejana
que apenas recuerdas ya su curvatura verde,
que hacía resonar la melena líquida del agua.

De donde viniste tú
solo se encontraban las raíces varicosas de las ramas.
y sus grandes abanicos
que ventean las llanuras sosegadas.

El ojo ávido del sol miraba,
examinaba,
juzgaba,
castigaba,
rompía,
rasgaba.

Un delirio de reflejos encontrados
se fraguaba en sus entrañas,
cuando, vendado y oprimido por las nubes,
manejaba la venganza.

Porque todos nacimos al otro lado del sol.
Una ola de nácar nos abandonó un día en una playa.
El sol no estaba allí, donde hicieran falta testigos pensativos,
repletos de profundas enseñanzas.

Soñabais en la humedad sedienta de la orilla apaciguada,
en el beso bullicioso de la espuma sobre el agua,
que cabalga sutilmente sobre el lomo de su espalda.

Soñabais en un arroyo de plata, en un río de esmeraldas,
en un lago nacarado por inquietas alas blancas
y en los besos submarinos refrescantes de las algas.

Soñabais en la espuma de una nube
que bañara vuestra desnudez, recién nacida,
vuestro inmaculado corazón, todo palabras,
inocencia primitiva en la alborada rosada.

No podías alcanzar la lluvia tibia,
ni pisar sus líquidas alfombras blandas.

Vuestras lenguas sedientas no podían atisbar desde lejos
su voluble desnudez,
sus múltiples siluetas deslizantes
modeladas por sus líquidas entrañas.

Es urgente encontrar sus huellas frágiles
que en senderos verticales se atragantan.
Es urgente encontrar las minuciosas marcas frágiles
del rocío que pestañea en la alborada.

Las mariposas blancas de la noche
refrescarán así nuestras gargantas apagadas,
cansadas de decir tantas palabras,
palabras que añoraban con sonidos estridentes
la dulce levedad pura del agua.

Carlos Etxeba


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