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        LA CARIDAD Y LA GRATITUD

   Si me presta sus favores
Precisa y fiel la memoria,
Voy a contaros la historia
De un arroyo y de unas flores.

   Recuerdo que la leí,
Y ganó mi corazón;
Pero prestadme atención:
La historia comienza así.

   Por la rápida pendiente
De una montaña sombría,
Un débil arroyo huía
De la furia de un torrente.

   Despeñábase violento,
Y con rapidez tan suma,
Que convertido en espuma
Iba en las alas del viento.

   De tan penoso camino
El pobre arroyo cansado,
Llegó a la margen de un prado
De la montaña vecino,

   Donde en diversos colores
Alzando sus sueltos talles,
Formaban listas y calles,
Mirtos, laureles y flores.

   Y allí su planta ligera
Detuvo, formó un remanso,
Y apenas tomó descanso,
Murmuró de esta manera:

   —«¡Triste de mí! Mal intento
Salvar mi clara corriente...
Es poderoso el torrente,
Y sigue audaz y violento.

   »Y entre sus ondas oscuras,
Por breñas y peñascales,
Turbios irán mis cristales,
Perdidas sus ondas puras.

   »En vano de la montaña
Abandono el seno inculto...
¡En dónde, en dónde me oculto
De su poderosa saña!»

   Calló el arroyo, y sentido,
Dice la historia, y pausado,
Por los recintos del prado
Se oyó volar un gemido.

   Y al soplo del aura fieles,
Doblando los sueltos talles,
Abrieron sus mansas calles
Mirtos, flores y laureles.

   Y por callar el dolor
Del arroyo y las congojas;
Unieron sus verdes hojas
Para ocultarlo mejor.

   Él, viendo tales favores,
Y llorando de ternura,
Se ocultó entre la espesura
Que le formaron las flores.

   Y por si el eco le asombra
Cuando silencio reclama,
Se tendió la verde grama
Para servirle de alfombra.

   Así el arroyo callado
Salvó su clara corriente
De la furia del torrente
Entre las flores del prado.

   Aquí, sin que la fatigue,
Recuerda bien mi memoria
Que haciendo punto la historia,
De esta manera prosigue:

   Viéronse desde este día
A las bienhechoras flores
Lucir más bellos colores,
Más pomposa lozanía.

   Tan ricas y tan hermosas
Eran, y tanto admiraban,
Que de muy lejos llegaban
Por verlas las mariposas.

   ¿Quién en el prado ha vertido
Tanta gala y hermosura?
La gratitud tierna y pura
Del arroyo agradecido.

   Sin ellas él no vería
Su corriente tan serena;
Y ellas murieran de pena
Sin su dulce compañía.

Setiembre, 1849

autógrafo

José Selgas y Carrasco


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