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        EL CÉFIRO Y UNA FLOR

Era, una flor: dulcísimo tesoro
De cándida hermosura:
Sus hojas blancas, su botón cual oro,
Su tallo dócil y su esencia pura.
Era la flor más bella
Que nace con el día.
El céfiro, volando en torno de ella,
Murmuraba y decía:
—«Preciada estás ¡oh flor! de ser hermosa,
Y tu altivez por eso
Esquiva desdeñosa
El tierno cáliz a mi dulce beso.
¡Tu orgullo es necio, tu altivez es vana!
Si del alba naciste,
Yo nací del amor de la mañana.
Eres hermosa, pero vives triste.
Hoy vengo todo de perfumes lleno,
Y entre todas te elijo;
Tus hojas abre y dormiré en tu seno».

   Le oyó la flor, y suspiró, y le dijo:
«Preciado está el Sultán de su grandeza.
¡Qué flor esquivaría
El tesoro feliz de su riqueza!...
Dame, pues, tu armonía,
Tus suspiros suaves, pero tu beso... no... me desharía».
—¡¡Sólo suspiros quieres!
¿Acaso tú no sabes
Que yo traigo en mis alas los placeres?
Los besos son mis exquisitos dones,
Que yo soy clamor. —Y en vuelo blando
Casi a besarla alcanza.
Trémula y suspirando,
¡Ay!... que mis hojas son las ilusiones,
La flor le contestó: soy la esperanza».

Setiembre, 1849

autógrafo

José Selgas y Carrasco


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