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          LA PRIMAVERA
          INTRODUCCIÓN
    LA INOCENCIA.—LA VIRTUD

Ellos los años son, bella es la vida
En aquella feliz edad de flores
En sueños de inocencia adormecida;

   Cuando el alma no tiene sinsabores,
Y cuando el corazón aún no ha pagado
Tributo de dolor a los dolores;

   Cuando vive feliz y sin cuidado;
Muestra de lo que el hombre ser podía,
Muestra de lo que fue sin el pecado.

   Mas ¡ah! que la inquietud y la agonía,
Aún no traspuesta la infeliz infancia,
No nos dejan un punto de alegría.

   ¡Saber!... necia ambición, vana arrogancia;
Pues cuanto más el hombre en él se empeña,
Más se cubre de luto y de ignorancia.

   ¿Qué difícil estudio nos enseña
A cegar el abismo tenebroso
Por donde nuestra vida se despeña?

   ¿Es por ventura el sabio más dichoso?
Y el que la suerte a las riquezas lanza
¿Cuenta muchos instantes de reposo?

   Y la esperanza al fin... ¿qué es la esperanza
Más que la dolorosa resistencia
Que hacemos al pesar que nos alcanza?

   ¡Difícil inquietud! ¡Triste experiencia!
¡Quién pudiera trocar todos sus años
Por unas breves horas de inocencia!

   ¿Y por qué a la virtud somos extraños?
¿Por qué este afán tenemos a una vida
Tan llena de amargura y desengaños?

   La bulliciosa juventud convida
A festines de amor, y nos ofrece
La copa del placer apetecida.

   El alma se dilata y se estremece:
Palpa la realidad, rásgase el velo...
Y toda la ilusión desaparece.

   Entonces llega el matador recelo;
Entonces llega la inquietud sombría,
Y llegan el dolor y el desconsuelo.

   Y lento llega y perezoso un día,
Y otro día también; y todo llega,
Sin término poner a su agonía.

   El amor engañado se repliega;
Crece la flor de los recuerdos triste,
Porque con tristes lágrimas se riega.

   Si lozano el espíritu resiste,
En vano intenta renovar la vida
Dentro de un corazón que ya no existe.

   Así felicidad la más querida,
La que fuera la luz de la existencia
Es de nosotros mismos homicida.

   ¡Infalible verdad! ¡Triste experiencia!
¡Quién pudiera trocar todos sus años
Por unas breves horas de inocencia!

   ¿Y por qué a la virtud somos extraños?
¿No es la virtud la amiga bienhechora
Que evita dolorosos desengaños?

   ¿No consuela el dolor que nos devora?
Si llora con nosotros... ¡qué dulzura
No derrama en las lágrimas que llora!

   Mágica luz de nuestra vida oscura,
Destello tibio, misterioso y santo,
Que sigue al sol de la inocencia pura.

   Ella nos cubre con su hermoso manto
Ella el afán mitiga y el desvelo;
Ella nos presta inagotable encanto.

   Ella, que es inmortal, porque es del cielo,
Cuando a morir la muerte nos inclina,
Nos llena de esperanza y de consuelo.

   Siempre a la par de nuestro bien camina,
Y después de esta vida transitoria,
Sobre nuestro sepulcro se reclina.

   Ella llena de luz nuestra memoria
Ella en brillantes páginas escribe
De la vida fugaz la breve historia,

Y sólo ¡oh Dios! para nosotros vive:
Y sólo, sólo con cuidados paga
Los muchos desengaños que recibe.

   ¡Quién no será feliz si ella le halaga!
¿Dónde se halla el placer, do la ventura,
Que como la virtud nos satisfaga?

   Virtud, santa virtud, tu llama pura
Alumbre con sus vívidos fulgores
La triste imagen de mi vida oscura.

   Tú sabes mitigar mis sinsabores,
Tú, y el recuerdo de la edad primera,
Fanal que guarda deliciosas flores.

   Aurora de tranquila primavera,
Sonrisa del placer más inocente,
Que fuera nuestro bien si eterna fuera.

   Entonces que la vida dulcemente,
Al torpe engaño y la ambición extraña,
La mansa paz de la inocencia siente;

   Entonces que el espíritu no engaña
El afán de la vida, ni el tormento
De la envidia maléfica le daña;

   Entonces que discurre el pensamiento
Por campos en verdura siempre iguales,
Sin pena, ni temor, ni sentimiento

   Entonces que los labios virginales
Recogen con espléndida dulzura
La pasión de los besos maternales,

   Y el alma coronada de hermosura
Entre Dios y los hombres se levanta,
Emblema hermoso de inocencia pura.

   Inocencia feliz que nos encanta,
Virtud que a ser felices nos enseña
Y al bien dirige nuestra torpe planta.

   Flores ¡oh Dios! que en destrozar se empeña
El revuelto tropel de las pasiones
Por donde nuestra vida se despeña.

   Los grandes y valientes corazones
A la virtud y a la inocencia fían
Sus castas y profundas ilusiones

   Que la virtud y la inocencia envían
Consuelo al mal y luz a la ignorancia
De los que a su grandeza se confían.

   Llenos de vuestra tímida fragancia,
Venid a perfumar mi pensamiento,
Dulcísimos recuerdos de la infancia.

   Virtud, dame tu fe, dame tu aliento
olvida mis pasados desvaríos;
Brille en mi corazón tu sentimiento;
Brille en mi vida, y en los versos míos.

Abril, 1849

autógrafo

José Selgas y Carrasco


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