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PARA EL ÁLBUM DE PEPITA GONZÁLEZ ACEVEDO

Hay una plaza en Madrid,
Que es la plaza del Progreso,
Cuyo espacio antes llenaban
Tres calles con un convento.
Una de las calles era
(Bastante mala por cierto)
Impropiamente llamada
La calle de los Remedios.
Estrecha, sucia y sombría,
No sé con cuál fundamento
Le dieron tan dulce nombre
Los antiguos madrileños.
Treinta y seis años hará,
Treinta y cinco por lo menos,
Que en la calle susodicha
Se hablaban dos muchachuelos.
Era el uno alto y delgado,
Chico el otro y nada recio,
Estudiantes de latín
Entrambos en un colegio,
Condiscípulos también
En la escuela de diseño
Que a la Merced ocupaba
Parte de sus aposentos.
Con la bolsa de los libros
Debajo del brazo izquierdo,
Conversando gravemente
Iban los dos compañeros.
«¿Qué vas a ser tú?» los dos
Se preguntaron a un tiempo.
«Yo cura,» contestó el alto.
«Yo pintor,» dijo el pequeño.
Viven, Pepita, en Madrid
Los dos mocitos aquellos;
Tú los conoces: con todo,
No acertarás quiénes fueron.
No esperes oir al uno
Entonar Kiries y oremus,
Ni cuadros del otro busques
En el salón del Museo.
El padre de almas futuro
Trocose en padre de cuerpos,
Y el pintor sólo ha pintado
Peñascos de nacimiento.
El uno, en fin, era Don
Juan González Acevedo;
El otro es el que te escribe
Este romance de ciego.
Sin pensar siquiera entonces
Si Dios criaba copleros,
Estaba en mis glorias yo
Mis mamarrachos haciendo;
Y eso de la poesía
Era oficio, en mi concepto,
Que no se usaba en el mundo
Desde Virgilio y Propercio.
Más adelante leí
Con dulcísimo embeleso
Del bendito de Comella
Cinco o seis pobres engendros.
¡Qué asombro, Pepita, el mío,
Cuando, a propósito de ellos,
Me dijo tu padre un día
Que era Comella un camello!
Aquel aviso piadoso,
Y algunos más que le debo
A mi antiguo camarada
De idioma latino y griego,
Me guiaron del Parnaso
Al escabroso sendero,
Cuando al cerrárseme todos
Halleme con ese abierto.
Recibe, Pepita hermosa,
Recibe grata el recuerdo
Que a la amistad con tu padre
Leal consagra mi pecho,
Y disculpa el desaliño
De estos rasgos que atropello,
Hoy, que es el séptimo día
Del actual pronunciamiento.

1854.

autógrafo

Juan Eugenio Hartzenbusch


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