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        LA DESPEDIDA

A las señoras Doña Bárbara y Doña Teodora Lamadrid.

Biarritz, 4 de septiembre de 1863.

La tarde va de vencida,
Sin viento se agita el mar,
Y el sol entre nubes de oro
Desciende con prisa ya.
Parece que arroja el día,
Cansado de caminar,
Su rojo escudo a las olas,
Que húmedo lecho le dan.
Toman desde lejos ellas
Carrera para asaltar
Escollos, que sobre el agua
La frente elevan audaz.
Embravecidas embisten,
Y vuelven gimiendo atrás,
Y salta del golpe al aire
Rota en lluvia la mitad.
Avanzan otras, que quieren
Las orillas inundar:
Igual confianza loca
Lleva desengaño igual.
Orgullosas amenazan,
Cuando lejanas están,
Creyéndose con empuje
Sobrado para llegar.
Pierde bulto a cada giro
El arrollado cristal,
Y en hoja líquida leve
Se desdobla al acabar.
Retrocede, presumiendo
Volver con mayor caudal,
Y cada vez que lo intenta,
Ve la margen más allá.
Espumas escalonadas
Quedan por el arenal,
Que atestiguan de su empeño
La burlada vanidad.
Puso a la naturaleza
El Ser que siempre será
Leyes de límite fijo,
Que es imposible pasar.

  Esto vio y esto pensaba,
Melancólico además,
Un viajero de la vida
Con poca ya que viajar.
Asiento le da un peñón,
Carcomido por la edad,
Socavado por las olas,
Que le minan sin cesar.
Al sol, que del horizonte
Pronto desparecerá,
Contempla en su brillo escaso,
Que deja el disco mirar.
La fuerza del mar contempla.
Y nota que es incapaz
De extenderse más adentro
Del humilde valladar.
Limitación, decadencia,
Término fijo fatal,
En el mar ve y en la roca
Y en el grande luminar;
Y en sí, criatura débil,
Quisiera no ver jamás
El forzoso cumplimiento
De la ley universal.

  «El hombre (exclamó) se encuentra
En el campo de la vida,
Sin saber a su venida
Con qué condiciones entra.
Mudo en sí se reconcentra
El día que ve llevar
Un cadáver a enterrar,
Y voz funesta le advierte
Que en aquello, que es la muerte,
Cuanto vive ha de parar.

  «Conozco sobrado bien,
Si atento al origen subo,
Que lo que principio tuvo,
Fin debe aguardar también
Mas ¿por qué nevar la sien
Que rizos de oro ha lucido?
¿Por qué torpe y dolorido
Volver el añoso brazo?
Muriera el vicio a su plazo,
Sin morir envejecido.

  «Suframos que la vejez
Luche con el cuerpo y venza;
Pierda la dorada trenza
Venus y la fresca tez;
Mas, con el rostro a la vez,
¿Por qué el alma se ha de ajar?
¿Por qué el tesoro agotar
De sus nobles facultades,
Cuando alcanza eternidades
La carrera que ha de andar?

  «Lleve el hombre su razón
Hasta la tumba; conserve
Llama el fuego con que hierve
Su vaga imaginación;
Su memoria en la ocasión
Dígale siempre «heme aquí;»
Mande yo en mi ser, y, así
Mi fin me hallará resuelto,
Aunque la edad me haya vuelto
Caricatura de mí.

  «Mudanza tan lastimera
No a todos nos es común:
Ver quiero si soy aún
Lo que ha pocos años era.
Pensamientos, la frontera
Cruzad al vuelo, y decid
En Toledo y en Madrid
A dos que el sepulcro habitan:
«Fe y valor os resucitan,
Segunda vez existid.»

  «Fuiste, Isabel, por tu mal,
Hija y víctima de amor;
Tú, Juana, el timbre mayor
Del estado conyugal.
Heroína sin igual,
Salvaste al esposo infiel:
Cuchillo amagó cruel
Por una dama su vida,
Y tú, consorte ofendida
Te echaste grillos por él.

  «Fiadme, Isabel y Juana,
Vuestros gozos y amarguras;
Vuestras hermosas figuras
Ponga yo en la escena hispana.
Ciña mi cabeza cana
Un laurel vuestro, y en pos
A las Musas el adiós
Postrero daré sin pena:
Cierre para mí la escena
Una de vosotras dos.»

  Calló el poeta: la noche,
Para su giro triunfal,
Adelantaba en Oriente
Su alfombra de obscuridad.
Niebla cayó de la altura,
Niebla se alzó de la mar,
Y envuelto el viajero en ella,
Dónde se halla ve no más.
Un globo de luz en frente
Comenzó luego a brillar,
Y a crecer entre la niebla,
Rompiendo su densidad.
Iris vario en anchas zonas
Orlábale circular;
Dos sombras volaban dentro,
De figura celestial.
Velo y hábito la una
Vestía con majestad:
Era una hermana del Rey,
Primer en Castilla Juan.
La segunda era la esposa
De aquel privado falaz,
Que la patria de Lanuza
No recuerda sin pesar.
Cadenas llevaba y luto;
Y, para bien de un mortal,
Infanta y matrona vienen
Del mundo de la verdad.

DOÑA ISABEL   «Años ha que me llamaste,
Y años que, llegando a ti:
De mi pecho, que te abrí,
La pura fe celebraste.
Aquél a tu afán le baste,
Canto ajeno de ambición:
No viene una inspiración
Dos veces; y, aunque lo llores,
Pasó de cantar amores
Ya para ti la sazón.»

  Dijo, y en la niebla fría
Desapareció fugaz
La ilustre infeliz amante
De Gonzalo de Guzmán.

DOÑA JUANA COELLO
  «Temiste, años ha, cobarde,
Mi aparición generosa;
Y hoy, que llamas a mi losa,
Turbas mi sosiego tarde.
Para otro es bien que se guarde,
Cantor de más corazón,
Poner mi vida en acción
Sobre las tablas un día:
Comprende la alegoría
De la muerte de Milón.»

  Dijo, y en la turbia esfera
Se desvaneció fugaz
La sublime salvadora
Del cónyuge criminal.

Ancho hueco al partir abrió en la nube
  La encarcelada heróica,
Y a mis ojos por él se descubrieron,
  Los campos de Crotona.

Aquel membrudo, que a la selva guía
  La planta perezosa,
Es el fuerte Milón, atleta viejo,
  Pasmo de Grecia toda.

Cuando en cerviz de toro la cerrada
  Mano exterminadora
Descargaba Milón, la res caía
  Muerta, la nuca rota.

Mástil robusto quebrantar le vieron
  Barqueros de la costa;
Rodó movida del potente brazo,
  La corpulenta roca.

Del tiempo ya la inevitable carga
  Los hombros hoy le agobia;
Garra su mano de sañuda fiera,
  Muévesele temblona.

Un árbol halla, que aun ayer ufano
  Mecía su alta copa,
Y a talla le redujo de pigmeo
  La sierra mordedora.

Fuerte segur al derribado tronco
  Robó su verde pompa,
Y en el corte del pie de frente hiriendo,
  Hizo hendidura angosta.

Rajar el tronco por el hacha herido
  Milón a empeño toma:
Los dedos logra hincar, el leño cruje,
  La grieta se prolonga;

Y porfía Milón en el destrozo
  De la columna tosca;
Y, joven en el ánimo el atleta,
  Son ya sus fuerzas otras.

  Cede un instante...—y al cerrarse el tronco
  Para cobrar su forma,
Coge las manos del valiente dentro
  La despiadada boca.

Al grito del dolor, honda caverna
  León hambriento arroja,
Y a la presa lanzándose cautiva,
  Rugiendo la devora.

  Con el ay del moribundo,
Con el rugir de la fiera,
Se unió el rayo que en la esfera
Serpenteó furibundo.

  A la luz que vino a dar,
El negro peñón dejé,
Que temblaba por el pie
Con los golpes de la mar.

  Y dije con aflicción,
Abatiendo la cabeza:
«Me da la naturaleza,
Me da el cielo alta lección.

  »Tentativa era insensata
La mía, según contemplo,
Enseñado en el ejemplo
Del anciano crotoniata.

  »Nunca el débil más allá
De cautos límites ande:
Un esfuerzo suyo grande
Mezquino y vano será;

  »Y cuando ruda tenaza
Sus flacas manos oprima,
Verá lanzársele encima
Fiera que le despedaza,

  »Porque necio desoyó
De sus años el aviso,
Y fuerte mostrarse quiso
Donde nadie le obligó.»


Madrid 7 de septiembre.

  No pretendáis obligar
Vosotras, dulces amigas,
A peligrosas fatigas
La mano que os vengo a dar.

  Para empresas de mancebo
Ya inútil se experimenta.
Dejadle ajustar mi cuenta
Y hacerme ver lo que debo.

  Al impulso del destino
Viajando hacia donde voy
Quiero ir pagando desde hoy
Las deudas de mi camino;

  Y dando a todas lugar,
Si logro mi honrado intento,
Manda el agradecimiento
Por vosotras principiar.

  Tú abriste, BÁRBARA mía,
Para el obscuro artesano
El alcázar castellano
De Melpómene y Talía.

  Sublime intérprete fiel
Tú de la pasión más bella,
Devolviste al mundo aquella
Mártir de amor en Teruel,

  Que mintiendo al desdichado
Que supo mejor amar,
Le mató con un pesar,
Y a ella el de haberle dado.

  Madrid admiró en su día,
Junto en ruidoso tropel,
Tu firme no de Isabel,
Tu delirio de Mencía:

  Si por ellas en verdad
Ganó algún nombre mi Musa,
Yo te debo sin excusa,
Yo te rindo la mitad.

  Tú, mi TEODORA, después,
De tu Hermana sucesora,
Tú eres la que fue y ahora
Vida de mis obras es.

  Por tu aliento sostenidas,
Fundan en ello blasón:
Pequeñas de ingenio son,
Grandes como agradecidas.

  Tus pies queriendo tocar,
Se atropellan a tu puerta
La coronada Heriberta,
La humilde obrera Pilar,

  Matilde, predilección
De un César y un docto amantes,
Y la que engendró Cervantes
Y el ángel del Buen Ladrón.

  «Vivimos por ti, señora»
(De rodillas te dirán);
«Muertas hijas de Don Juan,
El alma nos da TEODORA.»

  Y yo solamente digo,
Mientras tú su frente besas:
«Contigo escudadas esas,
No perecerán conmigo.»

  Acecha el tiempo voraz
Mi vida y su dura mide:
La escena ya me despide;
Separémonos en paz.

  BÁRBARA... TEODORA... no,
No más ya; las tablas dejo:
Aún vive el amigo viejo;
Pero el poeta murió.

  Ya mis ojos el nadir
Por entre la huesa ven...
¡Ay! el amigo también
Se tendrá que despedir.

autógrafo

Juan Eugenio Hartzenbusch


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