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    ISABEL Y GONZALO
        LEYENDA
                I
    EL DESCUBRIMIENTO

Niebla densa y fría
Que sube del Tajo,
Cubriendo a la noche
La luz de sus astros,
Envuelve a Toledo
En húmedo manto.
Reina por las calles,
Reina en el palacio
Profundo silencio,
Gustoso descanso.
Ni el ave agorera
Con lúgubre canto
Prontos funerales
Intima al anciano,
Ni agudo ladrido
Despierta al avaro
Que nuevos tesoros
Apila soñando.
Ni suena campana,
Ni escúchanse pasos;
La villa parece
Sarcófago vasto,
Donde confundidos
Godos y romanos,
A sus sucesores
Están aguardando,
Sólo entre la sombra
Descúbrese un claro
De luz moribunda
Resplandor escaso;
Sólo en el alcázar
Del rey castellano,
Y en rico aposento
De techo dorado,
Un hombre no goza
Del sueño de tantos.
Enrique el segundo,
Enrique el bastardo,
Que vida y corona
Quitole a su hermano,
Solícito espera
La aurora velando.
No porque le acosen
Recuerdos amargos
Del crimen que vieron
Montiel y su campo:
Temblaba algún día
De verse las manos;
Mas ya se envanece
Del golpe villano:
Truecan de conciencia
Reyes adulados.
Del lecho mullido
Le tienen lejano
Sospechas que abriga
De cierto vasallo,
Que en prenda vedada
Sus miras acaso
Por desdicha suya
Puso temerario.
Paséase inquieto,
Y asómase cauto,
En una ventana
La vista clavando.
Ventana es aquélla
Que fue muchos años
Hito de los ojos
De los toledanos,
Colgada de flores,
Vestida de ramos,
Verdes esperanzas
Que allí se secaron.
Jamás los suspiros
Y amantes regalos
Aquella ventana
Abierta encontraron;
O nunca a lo menos
El bello milagro,
De mil albedríos
Amable tirano,
Señales visibles
De aprecio ni pago
Dio a los homenajes
Que le tributaron.
«Tienes, Isabela,
Corazón de mármol,»
Cantábanle luego
Sus enamorados.
Hoy ya no se culpa,
Sabido el arcano,
Su dura esquiveza,
Su honesto recato.
De rey y vasalla,
De ilícito lazo,
La triste Isabela
Nació para el claustro,
Y ya el sacro velo
Le están preparando.
Vino para darle
Su primer abrazo
Enrique a Toledo:
Vendióselo caro.
Por toda una vida
De días de esclavo,
Sin goces el alma,
Y el cuerpo penando,
La dio un apellido
Regio, pero vano.
Cierto que con ella
No anduvo bizarro
El más generoso
De los soberanos:
¡Fiad en virtudes
De razón de estado!
La víctima hermosa
Del triste holocausto
El cuello sumiso
Tendía llorando:
Enrique por eso
Vigila azorado
De su hija la casa
Frontera a palacio:
Aquellos luceros
Deshechos en llanto
«Amor nos anubla»
Dijeron incautos.
Burlan las tinieblas
El celo del Argos,
Y abierto el postigo,
La luz con sus rayos
El espionaje
Revela callando.
Sale del alcázar
El rey embozado,
Celoso dos veces,
Padre y soberano;
Y al tocar los muros
Que le dan cuidado,
Pisadas percibe,
Llaves y candados,
Puerta cautelosa
Que se abre despacio,
Y seda que cruje
Rozada con paño,
Y dos voces oye
Decirse muy bajo
En son de cariño,
En eco de halago:
«Adiós, Isabela;
Adiós, mi Gonzalo.»
El rey queda inmóvil,
La espada en la mano.

autógrafo

Juan Eugenio Hartzenbusch


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