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    EL SEPULCRO DE HINDELBANK

Era una tarde de agosto,
Y ya el sol se iba escondiendo,
La alta cumbre de los Alpes
Dorando con sus reflejos,
Cuando a un valle no lejano
Bajé por agrio recuesto,
Triste y angustiada el alma,
Débil y rendido el cuerpo...
El sitio agreste, sombrío,
La soledad, el silencio,
El rumor de una cascada
Que resonaba a lo lejos,
En apacible tristeza
Mis pesares convirtieron;
Sentí más leve mi planta
Y más tranquilo mi pecho.

El ánimo embebecido
Vagaba en mil pensamientos,
Y libre el pie por el valle
Giraba con rumbo incierto,
Cuando sin yo apercibirlo
Me vi cercado de un pueblo,
Con sus rústicos hogares
En la llanura dispersos;
Por lo humilde y por lo pobre,
Por lo escondido y secreto,
Resguardado de los vicios,
Defendido de los vientos.
«Felices (clamé) mil veces
Los que a la suerte debieron
Nacer en este recinto,
Y morir donde nacieron!
Su patria su mismo hogar,
Estos montes su universo,
Su mar el vecino lago,
Y su tesoro su apero:
Jamás oyeron el nombre
De señores ni de siervos,
Ni la ambición ni la envidia
Turbaron nunca su sueño:
Contentos los halla el alba;
El sol los deja contentos;
Y corre su mansa vida
Como este manso arroyuelo...»

Al pronunciar estas voces,
Me hallé a las puertas de un templo,
Sencillo cual las costumbres
De aquel inocente pueblo;
No de mármoles labrado
Ostentaba el pavimento,
De bronce y jaspe los muros,
Ni la techumbre de cedro;
Pero en su pobre recinto
El ánimo más sereno
De la tierra se alejaba,
Y remontábase al cielo.
En el quicio me detuve,
Lleno de santo respeto;
Que hasta pavor me infundía
De mis pisadas el eco...
Mas al fin osé internarme,
Y vi un sepulcro entreabierto,
Por una mano piadosa
Cavado en el mismo suelo:
La piedra rota en pedazos,
Como en el dia tremendo
En que al son de la trompeta
La tierra abrirá sus senos;
Y alzándose de la tumba
De hermosa matrona el cuerpo;
Que al dar la vida a su hijo,
Ambos al par la perdieron.
La infeliz madre parece
Temer de la losa el peso,
Y su mano la sustenta
Resguardando al niño tierno:
Que es madre bien se conoce
En el cuidado y afecto
Con que le eleva en sus brazos,
Y humilde le ofrece al cielo:
«Tú, Dios mío, me le diste;
A ti, mi Dios, lo devuelvo;
Y el hijo de mis entrañas
Gozoso vuela a tu seno!...»
El inocente se muestra
Alegre el rostro y risueño,
Y por su madre parece
Interceder con su ruego;
En tanto que ella sumisa
De Dios aguarda el decreto,
Y el iris de la esperanza
Le brinda paz y consuelo.

Inmóvil y silencioso
Permanecí largo trecho,
Cual si inquietarlos temiese
Con el soplo de mi aliento:
Vivos a entrambos veía,
Escuchaba sus acentos,
Y de terror religioso
Sentí embargados mis miembros...
Mas las sombras de la noche
Iban tan densas creciendo,
Que apenas ya consentían
Ni distinguir los objetos:
La madre y el tierno niño
En breve desparecieron;
Y al borde yo del sepulcro,
La vista fija en su centro,
De la eternidad creía
Estar pisando el lindero.

autógrafo

Francisco Martínez de la Rosa


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