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          EPÍLOGO

Cuando éramos dioses inmortales
(la plata de la vida en nuestras manos
para forjar la flecha del destino),
tuvimos ocasión de hacernos dueños
de símbolos y miedos perdurables
que, ocultos en nosotros, dan sentido
a este convenio frágil con el tiempo:
sólo alcanza a ser nuestro lo pasado.

En la niebla inmortal de la niñez
el gigante del tiempo está dormido.
Pero luego aparecen los dragones,
las tercas pesadillas con las hadas
que arañan por venganza el corazón,
los magos de la culpa y la conciencia.
Luego aparecen todos de improviso.

Y en medio de ellos tú, viendo a la muerte
comprar a bajo precio las quimeras
labradas cuando el tiempo no tenía
la forma de este vértigo imparable
en que todo sucede sin sentido
y sin sentido avanza hacia su fin,
fugaz como el relámpago y la rosa,
buscando eternidad mientras la pierde.

autógrafo
Felipe Benítez Reyes


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